
En el Antiguo Testamento habían dos oficios de liderazgo instaurados por Dios: los «profetas» y los «sacerdotes». Luego Dios agregaría el de rey por la insistencia de los hebreos de querer ser «como las demás naciones» y no aceptar a Dios mismo como su Rey, pero eso lo veremos otro día.
Este tema, aunque pareciera trivial, es fundamental, primero porque en la actualidad los términos están muy tergiversados, y segundo porque (como casi todo en el Antiguo Testamento) ¡ambos son «sombras proféticas» que apuntan hacia Nuestro Señor Jesucristo! Entonces, ¿cuál es la diferencia entre dichos roles, y por qué son importantes?
En realidad todo tiene que ver con el «sentido» de la conversación: ¡una de arriba hacia abajo, y otra de abajo hacia arriba! Por un lado, los profetas hablan EN NOMBRE del Señor (de Dios a nosotros), transmiten lo que Dios está diciendo y profetizan lo que está por venir. En un sentido general, un profeta es una persona que habla la verdad de Dios a los demás, y la palabra proviene del griego «profetes», que puede significar “alguien que habla” o “abogado”.
En la Biblia, los profetas a menudo tenían un papel tanto de enseñanza como de revelación, declarando la verdad de Dios sobre temas contemporáneos y al mismo tiempo revelando detalles sobre el futuro. El ministerio de Isaías por ejemplo, tocó tanto el presente como el futuro, predicó duramente contra la corrupción de su época y también entregó grandes visiones del futuro lejano de Israel:
“Escuchen, cielo y tierra, lo que dice el Señor: Los hijos que crie y cuidé por tanto tiempo y tan tiernamente se han vuelto contra mí. Hasta los animales —el burro y el buey— conocen a su amo y agradecen sus cuidados, ¡pero no así mi pueblo Israel! Haga lo que haga por ellos, les tiene sin cuidado. ¡Qué nación tan pecadora! Andan encorvados bajo la carga de su culpa. También sus padres fueron malvados. Nacidos para el mal, le volvieron las espaldas al Señor y menospreciaron al Santo de Israel. Ellos mismos se han alejado de mi auxilio.” (Isaías 1:2-4)
“El Señor le quitará el poder a la muerte para siempre. El Señor secará toda lágrima y ahuyentará para siempre todas las injurias y burlas que se dirigen contra su tierra y su pueblo. ¡El Señor ha hablado! ¡Sin duda cumplirá su palabra!” (Isaías 25:8)
Los profetas tenían la difícil (¡y a veces peligrosa!) tarea de hablar fielmente la Palabra de Dios a la gente, fueron fundamentales para guiar a la nación de Israel e inclusive establecer la iglesia. La casa de Dios está “edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Cristo Jesús mismo” (Efesios 2:20).
En la Biblia se mencionan más de 133 profetas nombrados, incluidas 16 mujeres. Además, muchos otros profetizaron, como los 70 ancianos de Israel (Números 11:25) y los 100 profetas rescatados por Abdías (1 Reyes 18:4). Aunque podría ser Enoc, el primer profeta «oficial» mencionado en la Biblia es Abraham, Dios le habló en numerosas ocasiones, la primera vez en la ciudad de Jarán. La verdad es que el relato de la Biblia es escueto y no da muchos detalles de los detalles de dicha «conversación», aunque Dios fue claro y específico en el mensaje:
“El Señor le dijo a Abram: «Deja tu tierra, tus familiares y la casa de tu padre, y vete a la región que te voy a mostrar. Te voy a convertir en una nación muy grande; te voy a bendecir, y te haré un hombre muy famoso. ¡Serás de bendición para muchas personas! A los que te bendigan, yo los bendeciré; pero a quienes te maldigan, yo los maldeciré. ¡Por medio de ti, yo bendeciré a todos los pueblos del mundo!” (Génesis 12:1-3)
Jacob y José (nieto y bisnieto respectivamente de Abraham), tuvieron también sueños sobre el futuro que podrían catalogarse como «proféticos». Moisés fue llamado un “hombre de Dios” y fue considerado un gran profeta (Deuteronomio 34:10). Josué y muchos de los jueces sirvieron como profetas, con el último juez (Samuel) escuchando la voz de Dios desde cuando era niño (1 Samuel 3:4). Más tarde ungiría a David, quien sirvió como rey y profeta en Israel:
“Samuel tomó el aceite de oliva que había traído y lo derramó sobre la cabeza de David delante de sus hermanos. El Espíritu del Señor entonces descendió sobre él y le dio gran poder desde aquel día en adelante. Y Samuel regresó a Ramá.” (1 Samuel 16:13)
En el Nuevo Testamento, Juan el Bautista predijo al Mesías (Mateo 3:1). La iglesia primitiva también incluía profetas, por ejemplo a Ananías se le dio una profecía sobre el que llegaría a ser el apóstol Pablo:
“Vivía en Damasco un discípulo llamado Ananías, y el Señor le habló en visión: ¡Ananías! Aquí estoy, Señor —respondió. Vete a la calle la Derecha, a la casa de un hombre llamado Judas. Pregunta allí por Saulo de Tarso. Ahora mismo él está orando, porque yo le he mostrado en visión a un hombre llamado Ananías que se le acerca y le pone las manos en la cabeza para que recupere la vista.
Pero, Señor —exclamó Ananías—, he oído contar cosas horribles acerca de ese hombre, y de todo el mal que ha causado a tus santos en Jerusalén. Y sabemos que tiene órdenes de arresto, firmadas por los principales sacerdotes, para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre. Ve y haz lo que te digo —le respondió el Señor—. Yo lo he escogido para que pregone mi nombre tanto entre las naciones, delante de reyes, como al pueblo de Israel. Y yo le mostraré cuánto tendrá que sufrir por mi nombre. Ananías obedeció.
Al llegar a donde estaba Saulo, le puso las manos encima y le dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Al instante recobró la vista y cayeron de sus ojos algo así como escamas. Inmediatamente Ananías lo bautizó.” (Hechos 9:10-18)
Por lo general, los profetas que Dios envía son despreciados y su mensaje no es escuchado. Isaías describió a su nación como un “pueblo rebelde, hijos engañadores, hijos que no quieren escuchar la instrucción del Señor”. Jesús lamentó que Jerusalén hubiera matado a los profetas que Dios les envió (Lucas 13:34).
Por supuesto, no todos los que “pronuncian” un mensaje son en realidad profetas de Dios, en el Nuevo Testamento tenemos muchas advertencias contra los FALSOS profetas. Jesús enseñó: “cuidado con los falsos profetas. Vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos feroces” (Mateo 7:15). Más tarde señaló que, en los últimos tiempos, “falsos mesías y falsos profetas aparecerán y harán grandes señales y prodigios para engañar, si fuere posible, aun a los escogidos” (Mateo 24:24).
Apocalipsis también habla de un falso profeta (el Anticristo) que se levantará durante la Tribulación y engañará a la gente alrededor del mundo (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2022/11/16/setenta-semanas-la-profecia-de-daniel/). Para evitar ser desviados, siempre debemos “probar los espíritus para ver si son de Dios” (1 Juan 4:1). Un verdadero profeta de Dios estará comprometido a hablar la verdad de Dios, él o ella nunca contradirán la Palabra revelada de Dios. Un verdadero profeta de Dios dirá ÚNICAMENTE la verdad (¡aunque no nos guste!), como vemos que le sucedió a Micaías en su confrontación con el rey Acab:
“Entonces Micaías se dirigió al rey de Judá en los siguientes términos: En mi visión observé al pueblo de Israel desparramado sobre la montaña como ovejas sin pastor. Y el Señor dijo: Esta gente no tiene un jefe que los dirija. ¡Regresen a sus hogares en paz!. El rey de Israel, dirigiéndose a Josafat, exclamó: ¿No te lo dije? Siempre hace lo mismo. Nunca profetiza sino lo malo para mí.” (2 Crónicas 18:16-17)
Con esto queda claro el rol de los profetas. Por el contrario, el papel de los sacerdotes en el Antiguo Testamento era actuar como MEDIADORES (de nosotros a Dios), le transmiten a Dios el mensaje del pueblo y le ofrecen sacrificios en nombre de las personas para el perdón de los pecados, tarea que era exclusivamente realizada por alguien de la tribu de Leví.
El sacerdocio levítico comenzó con Aarón, el hermano mayor de Moisés:
“Consagra a tu hermano Aarón y a sus hijos Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar, para que me sirvan como sacerdotes y ministros. Hazle vestiduras especiales a Aarón, para indicar que está separado para el servicio de Dios, vestiduras hermosas que señalen la dignidad de su oficio. Ordena a quienes he dotado de capacidad para ello, que le hagan vestiduras que lo distingan de los demás, para que pueda desempeñar el oficio de sacerdote.” (Éxodo 28:1-3)
Los descendientes de Aarón sirvieron como sacerdotes en Israel, ministrando en el tabernáculo y, más tarde, en el templo, principalmente como mediadores entre el hombre y Dios. Los sacerdotes levitas tenían la responsabilidad de ofrecer los sacrificios requeridos por la Ley Mosaica. Algunos de los sacerdotes levíticos de la Biblia son Esdras; Elí; y Zacarías, el padre de Juan el Bautista.
Dios escogió a toda la tribu de Leví para que lo sirvieran, pero únicamente a los hijos de Aarón para que fueran los sacerdotes. Por lo tanto, todos los sacerdotes eran levitas, pero no todos los levitas eran sacerdotes (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2022/11/17/las-12-tribus-de-israel/). A los levitas que no eran sacerdotes se les dieron varios deberes en el cuidado del tabernáculo y su mobiliario (Números 3:21–26), pero a los sacerdotes Dios les impuso los más estrictos estándares de comportamiento y pureza ritual (Levítico 21).
Por ejemplo, Abiú y Nadab eran hijos de Aarón y dos de los primeros sacerdotes, lamentablemente desobedecieron a Dios y fueron matados instantáneamente (¡por aquello que alguien dude de la ira divina!).
“Nadab y Abiú, hijos de Aarón, pusieron fuego sin consagrar en sus incensarios, y ofrecieron incienso delante Señor. De modo que actuaron en contra de lo que el Señor les acababa de ordenar. Entonces salió fuego de la presencia del Señor que los quemó y mató.” (Levítico 10:1-2)
Más tarde, los hijos del sumo sacerdote Elí también desobedecieron y Dios los hizo fumigados:
“Un día un profeta vino ante Elí y le dio este mensaje del Señor: ¿No mostré yo mi poder a tus antepasados levitas cuando el pueblo de Israel era esclavo en Egipto? ¿No los escogí de entre todos sus hermanos para que fueran mis sacerdotes y para que sacrificaran sobre mi altar, quemaran el incienso y usaran las vestiduras sacerdotales mientras me servían? ¿No fui yo quien destinó las ofrendas de los sacrificios para ustedes los sacerdotes?
Entonces, ¿por qué tanta codicia en cuanto a las ofrendas que me son ofrecidas? ¿Por qué has honrado más a tus hijos que a mí? Porque tú has dejado que ellos engorden tomando lo mejor de las ofrendas de mi pueblo. Por lo tanto, yo, el Señor Dios de Israel, declaro que aunque prometí que tu casa y la casa de tus antepasados llevarían el sacerdocio por siempre, no permitiré que se siga haciendo lo que tú haces. Honraré solamente a los que me honran, y despreciaré a los que me desprecian. Pondré fin a tu familia para que nunca más sirvan como sacerdotes. Cada miembro de tu familia morirá antes de tiempo. Ninguno llegará a viejo.” (1 Samuel 2:27-31)
A pesar de todo, lo interesante es que el sacerdocio levítico nunca tuvo la intención de ser permanente, la muerte de Cristo puso fin al Antiguo Pacto y al sacerdocio levítico, como lo demuestra el rasgado del velo del templo al momento de la muerte de Cristo en la cruz, y luego en el año 70 d.C. su completa destrucción. Como vimos, era simplemente una «sombra profética«, ya NO necesitamos un intermediario para llegar a Dios, pues Jesús mismo sirve como nuestro Sumo Sacerdote. Ahora, a través de Su muerte y resurrección, ¡los cristianos tenemos acceso a la presencia de Dios Padre!
“El pueblo de Israel recibió la ley bajo el sacerdocio levítico. Si esos sacerdotes pudieran hacernos perfectos, ¿por qué entonces envió Dios a Cristo como sacerdote de la clase de Melquisedec, en vez de enviar a otro de la clase de Aarón? Ya que se cambió el tipo de sacerdote, Dios tenía que transformar la ley. Cristo no pertenecía a la tribu sacerdotal de Leví, sino a la de Judá, tribu que no había sido escogida para el sacerdocio; Moisés nunca le asignó tal responsabilidad. Y todo esto queda más claro si reconocemos que el nuevo sacerdote es de la clase de Melquisedec.
Y llegó a ser sacerdote no según el requisito de la ley de pertenecer a determinada tribu, sino de acuerdo con el poder de una vida indestructible. Pues esto es lo que se asegura de él: «Tú eres sacerdote para siempre, de la misma categoría que Melquisedec». Así que la ley anterior queda anulada por ser inútil e ineficiente, pues no perfeccionó nada. En cambio, ahora tenemos una esperanza mejor, por la cual nos acercamos a Dios. Y esto no lo hizo sin un juramento. Los otros sacerdotes fueron nombrados sin un juramento, pero este fue nombrado con el juramento del que dijo: «El Señor juró, y no cambiará de opinión: Tú eres sacerdote para siempre».
Por eso, Jesús es el que ahora nos garantiza un pacto mejor. A los otros sacerdotes la muerte no les permitía continuar con su oficio y por eso llegaron a ser tantos; pero como Jesús nunca morirá, su sacerdocio es eterno. Por eso puede salvar para siempre a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive para siempre y está pidiendo por ellos. Era provechoso para nosotros tener un sumo sacerdote así como él: santo, sin maldad, intachable, apartado de los pecadores y elevado más alto que el cielo. Él no es como los otros sumos sacerdotes, que tienen que ofrecer sacrificios cada día por sus propios pecados y luego por los del pueblo.
Él se ofreció a sí mismo como sacrificio una sola vez y para siempre. Porque la ley pone como sumos sacerdotes a hombres débiles; pero después de la ley vino el juramento que nos daría al Hijo como sumo sacerdote, hecho perfecto para siempre.” (Hebreos 7:11-28)
Qué clase de bendición, y TODO sin merecerlo, ¡ni haber hecho NADA para obtenerlo!
(Basado en parte de https://www.compellingtruth.org/Espanol/Jesus-profeta-sacerdote-rey.html, https://www.gotquestions.org/prophet-Bible.html y https://www.gotquestions.org/Levitical-priesthood.html)
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