Las resurrecciones de la Biblia

Tal vez a algunos les sorprenda que yo ponga la palabra “resurrecciones” en plural, sobre todo si vienen de un iglesia donde le han enseñado que en la historia de la humanidad únicamente Cristo ha resucitado.  ¿Pero es esto cierto?  ¿Qué dice la Biblia al respecto?

Contrario a este pensamiento, en la Biblia se narran MÚLTIPLES resurrecciones, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Pero tal vez debamos primero estudiar qué quiere decir exactamente “resurrección”, puesto el término se ha tergiversado a través de los años y es importante aclararlo.  

En realidad el sentido bíblico de la palabra en griego (“egéiro”) aparece 144 veces en el Nuevo Testamento y se refiere indistintamente tanto a “levantarse”, “enderezarse” o “despertar” de un sueño o a resucitar de la muerte (en cuerpo natural), pero nunca quiere decir resucitar en el cuerpo glorioso con el que viviremos eternamente junto con el Señor (que es como normalmente creo que entendemos el concepto, ¡probablemente con una imagen mental como la foto de arriba!), mañana ahondaremos en esto.

En el hebreo la palabra que se usa (“kjaiá”) aparece 263 veces en el Antiguo Testamento, y es todavía más vaga que en el griego, puesto que se usa tanto para “vivir”, “preservar”, “guardar”, etc., como también para “revivir”, “reanimar” y “resucitar”, así que el contexto es clave.

Dicho eso, sin más preámbulo veamos DOCE resucitaciones que aparecen en la Biblia (en orden escritural): 

1. El hijo de la viuda de Sarepta de Sidón

Pero un día se enfermó el hijo de la mujer, y murió. ¡Varón de Dios! lloró ella, ¿qué me has hecho?  ¿Has venido aquí a castigarme por mis pecados, y a matar a mi hijo?  Dámelo, respondió Elías.  Elías tomó el cuerpo del niño y lo llevó al aposento alto, a la pieza de huéspedes donde vivía, y puso al niño en la cama.  Luego clamó al Señor: «Señor mi Dios, ¿por qué le has mandado la muerte al hijo de esta viuda que me está hospedando?».  Enseguida, se extendió sobre el niño tres veces, y clamó al Señor: «¡Señor mi Dios, permite que este niño vuelva a la vida!».  El Señor oyó la oración de Elías, y el niño volvió a vivir [“kjaiá”]. Entonces Elías lo llevó abajo y se lo entregó a su madre: ¡Mira, tu hijo vive! le dijo.”  (1 Reyes 17:17-23)

2. El hijo de la rica viuda sunamita de Sunén

“El niño creció.  Un día en que había salido a visitar a su padre, que estaba trabajando con los segadores, se quejó de un fuerte dolor de cabeza y comenzó a gritar: ¡Ay, mi cabeza!  ¡Me duele mucho la cabeza!  Entonces el padre le dijo a uno de sus criados: Llévalo a la casa con su madre. Él se lo llevó para la casa, y la madre lo tuvo en sus brazos; pero hacia el mediodía murió. Ella lo acostó entonces en la cama del profeta, y cerró la puerta. Luego envió un mensaje a su marido: Envía a uno de los siervos con un burro para que me acompañe a ver al profeta.  ¿Por qué hoy? —le preguntó—. No es día de fiesta religiosa.

Pero ella le dijo: Es importante. Debo ir. Enseguida, la mujer hizo ensillar el burro, y le dijo al criado: ¡Anda, vamos rápido!  No te detengas en el camino, a menos que yo te lo ordene. Cuando se acercaban al monte Carmelo, Eliseo la vio a la distancia, y le dijo a Guiezi: Mira, allá viene la sunamita.  Corre a encontrarla y pregúntale qué le pasa. Pregúntale si está bien su marido, y si el niño está bien.  Sí, le dijo ella a Guiezi.  ¡Todo está bien!  Pero cuando llegó ante Eliseo, se arrojó al suelo delante de él y se abrazó a sus pies.  Guiezi se acercó para apartarla, pero el profeta le dijo:  Déjala. Es que tiene un gran pesar, y el Señor no me ha revelado de qué se trata.  Fue usted quien me dijo que tendría un hijo —le dijo por fin ella—, y yo le rogué que no se burlara de mí.  ¡Rápido, toma mi vara! le dijo Eliseo a Guiezi.  ¡No hables con nadie a lo largo del camino!  ¡Date prisa!

Al llegar, pon la vara sobre el rostro del niño.  Pero la madre del niño dijo: ¡Le juro que si no me acompaña, no me iré de aquí!  De eso puede estar tan seguro como que el Señor y usted viven.  Entonces Eliseo fue con ella.  Guiezi fue adelante y puso la vara en el rostro del niño, pero nada ocurrió.  No dio señales de vida. Regresó a encontrar a Eliseo y le dijo: El niño aún está muerto.  Cuando Eliseo llegó, el niño estaba acostado, sin vida, sobre la cama del profeta.  Él entró, cerró la puerta y oró al Señor.  Luego se tendió sobre el cuerpo del niño, y colocó su boca sobre la boca del niño, y sus ojos sobre los ojos del niño, y sus manos sobre las manos del niño.  El cuerpo del niño comenzó a calentarse nuevamente.  El profeta se bajó de la cama y caminó de un lado a otro de la casa por un rato.  Volvió a subir y se acostó otra vez sobre el niño.  Esta vez el niño estornudó siete veces y abrió los ojos. Entonces el profeta llamó a Guiezi: Llama a la mujer, le dijo.  Y cuando ella entró, Eliseo le dijo: ¡Aquí está tu hijo!  (2 Reyes 4:18-36) 

3. El muerto colocado en la tumba de Eliseo

“Después Eliseo murió, y fue sepultado.  En aquellos días, algunas bandas de delincuentes moabitas hacían incursiones en la tierra cada primavera.  Una vez, unos hombres estaban sepultando a un amigo, pero al ver a esas bandas tuvieron miedo y arrojaron el cadáver en la tumba de Eliseo.  Y en cuanto el cuerpo tocó los huesos de Eliseo, el hombre resucitó [“kjaiá”] y se puso de pie.  (2 Reyes 13:20-21)

4. Jesús

“Cuando al amanecer del domingo María Magdalena y la otra María regresaban a la tumba, hubo un fuerte temblor.  Un ángel del Señor acababa de descender del cielo y, tras remover la piedra, se había sentado en ella.  Tenía el aspecto de un relámpago; y sus vestiduras eran blancas como la nieve.  Los guardias, temblando de miedo, se quedaron como muertos. Pero el ángel dijo a las mujeres: No teman.  Sé que buscan a Jesús, el crucificado.  Pero no lo encontrarán aquí, porque ha resucitado [“egéiro”] como se lo había dicho.  Entren y vean el lugar donde lo habían puesto.  Ahora, váyanse pronto y díganles a los discípulos que él ya se levantó [“egéiro”] de los muertos, que se dirige a Galilea y que allí los espera. Ya lo saben.  Las mujeres, llenas de espanto y alegría a la vez, corrieron a buscar a los discípulos para darles el mensaje del ángel. Mientras corrían, Jesús les salió al encuentro. ¡Buenos días! les dijo.  Ellas cayeron sobre sus rodillas y, abrazándole los pies, lo adoraron. No teman —les dijo Jesús—.  Digan a mis hermanos que salgan en seguida hacia Galilea, y allí me hallarán.(Mateo 28:1-10)

“Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé compraron especias perfumadas para ir a ungir el cuerpo de Jesús.  El primer día de la semana, muy temprano, apenas había salido el sol, fueron al sepulcro.  Iban preguntándose unas a otras: «¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?», pues la piedra era muy grande. Pero cuando llegaron, se dieron cuenta de que la piedra había sido removida. Al entrar en el sepulcro vieron a un joven vestido con un manto blanco, sentado al lado derecho; y las mujeres se asustaron.  Él les dijo: No se asusten.  Ustedes buscan a Jesús el nazareno, el que fue crucificado.  Ha resucitado [“egéiro”], no está aquí.  Miren el lugar donde lo pusieron.  Vayan a decirles a los discípulos y a Pedro: “Él va delante de ustedes a Galilea.  Allí lo verán, tal como les dijo”.  Las mujeres salieron huyendo del sepulcro, temblando y asustadas.  No dijeron nada a nadie porque tenían miedo.  Después que Jesús resucitó [“anístemi”] muy temprano el primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios.  Ella fue y avisó a los que habían estado con él, pues estaban tristes y llorando.  Cuando ellos oyeron que Jesús estaba vivo y que ella lo había visto, no lo creyeron. Después de esto, se apareció Jesús en otra forma a dos de ellos que iban caminando hacia el campo.  Estos fueron y avisaron a los demás, pero tampoco a ellos los creyeron.  Por último, Jesús se apareció a los once discípulos mientras comían.  Los reprendió por su falta de fe y por su terquedad en no creer a los que lo habían visto resucitado.” (Marcos 16:1-14)

“El primer día de la semana, muy de mañana, las mujeres fueron al sepulcro llevando las especias aromáticas que habían preparado. Encontraron que la piedra que cubría el sepulcro no estaba en su lugar, y cuando entraron no encontraron el cuerpo del Señor Jesús.  Estaban confundidas, pues no sabían qué había pasado.  Mientras tanto, vieron a dos hombres vestidos con ropas brillantes, de pie junto a ellas.  Estaban tan asustadas que se inclinaron hasta tocar el suelo con su rostro.  Pero ellos les dijeron: ¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?  No está aquí; ha resucitado [“egéiro”]. Recuerden lo que él les dijo cuando todavía estaba con ustedes en la región de Galilea: “El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres malvados, y lo crucificarán, pero al tercer día va a resucitar [“anístemi”]. Entonces ellas recordaron las palabras de Jesús.  Cuando regresaron del sepulcro, les contaron a los once y a todos los demás lo que había pasado.  Las mujeres que contaron estas cosas eran María Magdalena, Juana, María la madre de Jacobo, y las demás que las acompañaban.  Pero los discípulos pensaron que lo que ellas decían era una locura y no les creyeron.  Sin embargo, Pedro salió corriendo al sepulcro.  Al asomarse, sólo vio las vendas de lino.  Luego regresó a su casa sorprendido de lo que había sucedido.  Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén.  Iban conversando de todo lo que había pasado.  Mientras hablaban y discutían, Jesús mismo se acercó y empezó a caminar con ellos; pero no lo reconocieron, pues sus ojos estaban velados. Él les preguntó: ¿De qué vienen hablando por el camino?  Se detuvieron; tenían los rostros embargados de tristeza.  Uno de ellos, llamado Cleofas, le dijo: ¿Eres tú el único que ha estado en Jerusalén y no se ha enterado de lo que ha pasado en estos días? Él les preguntó: ¿Qué ha pasado?  Ellos le respondieron: Lo de Jesús de Nazaret. Era un profeta poderoso en lo que hacía y decía ante Dios y ante la gente.  Los jefes de los sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran. Sin embargo, nosotros teníamos la esperanza de que él sería el libertador de Israel.  Pero ya hace tres días que sucedió todo esto.  Esta mañana, algunas de las mujeres de entre nosotros nos dejaron asombrados.  Muy temprano, fueron al sepulcro, pero no encontraron su cuerpo. Cuando volvieron, nos contaron que unos ángeles se les habían aparecido y les habían dicho que él está vivo.  Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y lo encontraron tal como las mujeres habían explicado.  Pero a él, no lo vieron.  Él les dijo: ¡Qué torpes son ustedes!  ¡Qué corazón tan lento tienen para creer todo lo que los profetas dijeron!  ¿Acaso no saben que el Cristo tenía que sufrir estas cosas antes de entrar en su gloria?  Entonces les explicó todo lo que las Escrituras decían acerca de él, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas.  Cuando ya estaban cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo como que seguía su camino; pero ellos le dijeron con insistencia: Quédate con nosotros. Es muy tarde, ya es casi de noche.  Así lo hizo, y entró para quedarse con ellos. Mientras estaban sentados a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio.  Entonces se les abrieron los ojos y pudieron reconocerlo; pero él desapareció. Y ellos se decían uno al otro: ¿No sentíamos como si nuestro corazón ardiera mientras él hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?  En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén.  Allí encontraron reunidos a los once y a los otros que estaban con ellos. Estos decían: ¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado [“egéiro”] y se le apareció a Pedro!  Los dos también contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo reconocieron a Jesús cuando partió el pan.  Ellos todavía estaban hablando cuando Jesús mismo se puso en medio de ellos y les dijo: Paz a ustedes. Todos se llenaron de terror pues creyeron que lo que veían era un espíritu.  Él les preguntó: ¿Por qué están tan asustados?  ¿Por qué tienen tantas dudas? Miren mis manos y mis pies.  ¡Soy yo!  Tóquenme y comprueben, pues un espíritu no tiene carne ni huesos como ven que yo los tengo.  Después de decir esto les mostró las manos y los pies.  Como ellos estaban alegres y asustados, no lo podían creer.  Entonces les preguntó: ¿Tienen algo de comer?  Le dieron un pedazo de pescado asado, y él lo tomó y se lo comió mientras todos lo veían.  Luego les dijo:  Recuerden que cuando todavía estaba yo con ustedes, les decía que tenía que cumplirse todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.” (Lucas 24:1-44)

“El primer día de la semana, muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que habían movido la piedra que cerraba la entrada.  Así que fue corriendo a donde estaban Simón Pedro y el discípulo al que Jesús quería mucho, y les dijo: ¡Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto!  Pedro y el otro discípulo salieron hacia el sepulcro.  Los dos iban corriendo, pero como el otro discípulo corría más rápido que Pedro, llegó primero al sepulcro.  Se inclinó para mirar, y vio las vendas, pero no entró.  Tras él llegó Simón Pedro, y entró en el sepulcro.  Vio allí las vendas, y la tela que había cubierto la cabeza de Jesús.  Pero la tela no estaba con las vendas sino enrollada en lugar aparte.  Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; y vio y creyó.  Hasta ese momento no habían entendido la Escritura que dice que Jesús tenía que resucitar [“anístemi”].  Los discípulos regresaron a su casa, pero María se quedó afuera del sepulcro llorando. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús; uno a la cabecera y otro a los pies.  Le preguntaron los ángeles: ¿Por qué lloras, mujer?  Ella les respondió: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto. Acabando de decir esto, volvió la mirada y vio allí a Jesús de pie, aunque ella no sabía que era él.  Jesús le dijo:  ¿Por qué lloras?  ¿A quién buscas?  Ella creyó que era el que cuidaba el huerto, y le dijo: Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto, y yo iré por él.  Jesús le dijo: María. Ella se volvió y le dijo: ¡Raboni! (que en arameo significa: Maestro). Jesús le dijo: Suéltame, porque todavía no he ido a reunirme con mi Padre.  Pero ve a mis hermanos y diles: “Voy a reunirme con mi Padre, que es el Padre de ustedes; con mi Dios, que es el Dios de ustedes”.  María Magdalena fue a darles la noticia a los discípulos: «¡He visto al Señor!», y les contaba lo que él le había dicho.  El primer día de la semana por la tarde, mientras los discípulos estaban reunidos a puerta cerrada por temor a los judíos, entró Jesús.  Se puso en medio de ellos y los saludó diciendo: ¡La paz sea con ustedes! Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.  (Juan 20:1-20)

5. Los santos de Jerusalén

“Al instante, el velo que ocultaba el Lugar Santísimo del templo se rompió en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron, las tumbas se abrieron y muchos creyentes muertos resucitaron [“egéiro”].  Después de la resurrección de Jesús, esas personas salieron del cementerio y fueron a Jerusalén, donde se aparecieron a muchos”. (Mateo 27:51-53)

6. La hija de Jairo

“Mientras decía esto, llegaron de la casa de Jairo a darle la noticia de que su hija había muerto y decirle que ya no era necesario que siguiera molestando al maestro. Al darse cuenta, Jesús le dijo al jefe de la sinagoga:  No temas.  Sólo cree.  Y no permitió que nadie fuera con él sino Pedro y los hermanos Jacobo y Juan.  Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga y ver que había mucho alboroto y gran llanto y dolor, Jesús les dijo a los que allí estaban: ¿Por qué hacen tanto llanto y alboroto?  La niña no está muerta; sólo está dormida.  La gente se rio de Jesús; pero Jesús les ordenó a todos que salieran y él, con el padre, la madre y los discípulos que lo acompañaban entró al cuarto en que reposaba la niña.  La tomó de la mano y le dijo: Talita cum (que significa: Levántate, niña).  En el mismo instante, la niña, de doce años de edad, se levantó [“anístemi”] y caminó.  Jesús ordenó que le dieran de comer”. (Marcos 5:35-42)

7. Hijo único de una viuda del pueblo de Naín

“Poco después, Jesús, acompañado de mucha gente y de sus discípulos, se dirigió a un pueblo llamado Naín.  Cuando se acercaba a las puertas del pueblo, vio que llevaban a enterrar a un muerto.  Se trataba del único hijo de una viuda, a quien acompañaba mucha gente del pueblo.  Al verla el Señor, tuvo compasión de ella y le dijo: No llores.  Se acercó luego y tocó la camilla.  Los que la llevaban se detuvieron, y Jesús dijo: ¡Joven, te ordeno que te levantes!  Entonces el muerto se levantó [“anakadsízo”] y comenzó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre”. (Lucas 7:11-15)

8. Lázaro de Betania, hermano de Marta y María

“Aunque Jesús se refería a la muerte de Lázaro, sus discípulos pensaron que hablaba del sueño natural.  Por eso Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto, y me alegro de no haber estado allí, para que por medio de esto ustedes crean.  Vamos a verlo.  Entonces Tomás, al que llamaban el Gemelo, dijo a los otros discípulos: Vamos también nosotros, para morir con él.  Cuando Jesús llegó a Betania, se enteró de que Lázaro ya llevaba cuatro días en el sepulcro.  Betania estaba cerca de Jerusalén, a sólo tres kilómetros.  Por eso muchos judíos habían ido a casa de Marta y María, para consolarlas por la muerte de su hermano. Cuando Marta supo que Jesús llegaba, le salió al encuentro.  Pero María se quedó en la casa. Marta le dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero a pesar de eso, yo sé que Dios te dará todo lo que le pidas.  Jesús le dijo: Tu hermano volverá a vivir.  Marta respondió: Yo sé que volverá a vivir, en la resurrección, cuando llegue el día final. Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que cree en mí nunca morirá.  ¿Crees esto?  Ella le respondió: Sí, Señor.  Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.  Después de decir esto, Marta regresó a la casa y llamó a su hermana María.  Le dijo en secreto: El Maestro está aquí y te llama.  Sin perder tiempo, María se levantó y fue a verlo.  Jesús todavía estaba fuera del pueblo, en el lugar donde Marta se había encontrado con él.  Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que se levantaba y salía de prisa, la siguieron.  Ellos pensaban que iba al sepulcro a llorar.  Cuando María llegó a donde estaba Jesús y lo vio, se arrojó a sus pies y le dijo: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que la acompañaban, se conmovió mucho y se turbó.  Él les preguntó: ¿Dónde lo sepultaron? Ellos le respondieron: Ven a verlo, Señor.  Jesús lloró.  Los judíos dijeron:  ¡Miren cuánto lo quería!  Pero otros decían: Este, que le dio la vista al ciego, ¿no podía haber evitado que Lázaro muriera?  Jesús, conmovido una vez más, se acercó al sepulcro.  Era una cueva que tenía tapada la entrada con una piedra.  Jesús ordenó: Quiten la piedra.  Marta, la hermana del muerto, respondió: Señor, ya debe oler mal, pues hace cuatro días que murió.  Jesús le respondió: ¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios?  Entonces quitaron la piedra.  Jesús miró al cielo y dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo dije para que la gente que está aquí crea que tú me enviaste. Después de decir esto, gritó con todas sus fuerzas: ¡Lázaro, sal de ahí!  Y el que había estado muerto salió, con las manos y los pies vendados, y el rostro cubierto con un lienzo.  Jesús les dijo: Quítenle las vendas y déjenlo ir.”  (Juan 11:13-44)

“Seis días antes de la Pascua, Jesús llegó a Betania, donde vivía Lázaro, el hombre al que Jesús había resucitado [“egéiro”].(Juan 12:1)

9. Tabita (Dorcas) de Jope

“En la ciudad de Jope vivía una mujer llamada Tabita (que significa Dorcas), discípula que siempre estaba haciendo algo por los demás, especialmente por los pobres.  En aquellos días cayó enferma y murió.  Después de lavar su cuerpo, lo colocaron en una sala del segundo piso.  Al enterarse los discípulos de que Pedro andaba cerca de Lida, enviaron a dos hombres a rogarle que fuera a Jope.  Pedro accedió.  Al llegar, lo llevaron a la sala donde reposaba el cadáver de Dorcas.  El cuarto estaba lleno de viudas que lloraban mientras mostraban las túnicas y vestidos que Dorcas había hecho.  Pedro les ordenó que salieran del cuarto y se arrodilló a orar.  Luego se volvió hacia el cadáver: Levántate Tabita le ordenó. Inmediatamente ella abrió los ojos; y al ver a Pedro, se incorporó [“anakadsízo”].  Él le dio la mano, la ayudó a ponerse de pie y llamó a los creyentes y a las viudas para que la vieran”. (Hechos 9:36-41)

10. Eutico de Troas

“El domingo nos reunimos a partir el pan y, como al siguiente día partía Pablo, estuvo hablando hasta la medianoche.  La habitación en que se encontraban, un cuarto en el piso de arriba, estaba iluminada por varias lámparas.  Como el discurso de Pablo se prolongaba, un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana, se quedó dormido y cayó desde tres pisos arriba a la calle.  Lo levantaron muerto. Pablo corrió escaleras abajo, se acostó sobre él, y lo abrazó.  ¡No se alarmen! dijo. ¡Está vivo!  Regresó al tercer piso a partir el pan con ellos y siguió hablándoles hasta el alba.  Al terminar, partió.  Y llevaron al joven vivo y muchos fueron consolados”. (Hechos 20:7-12)

11. El apóstol Pablo (muy probable)

“Sin embargo, llegaron de Antioquía e Iconio varios judíos que hicieron que ese gentío cambiara de parecer y apedreara a Pablo. Como creían que estaba muerto, lo arrastraron fuera de la ciudad.  Pero luego, mientras los creyentes lo rodeaban, Pablo se levantó [“anístemi”] y regresó a la ciudad.  Al día siguiente él y Bernabé partieron rumbo a Derbe”.  (Hechos 14:19-20)

12. Los dos testigos del Apocalipsis (futuro)

Y enviaré a mis dos testigos para que profeticen durante mil doscientos sesenta días vestidos de luto.  Los dos profetas en cuestión eran los dos olivos y los dos candeleros que están delante del Señor de la tierra. Cualquiera que trate de hacerles daño, morirá víctima de las llamaradas de fuego que brotan de la boca de aquellos dos personajes. Estos tienen poder para cerrar los cielos de manera que no llueva mientras estén profetizando. También tienen poder para convertir en sangre las aguas y enviar plagas sobre la tierra cada vez que lo deseen.  Cuando hayan terminado de dar su testimonio, la bestia que surge del abismo les declarará la guerra, los vencerá y los matará. Durante tres días y medio se exhibirá sus cadáveres en las calles de la ciudad llamada «Sodoma» o «Egipto» en sentido figurado, donde crucificaron a su Señor.  No se le permitirá a nadie enterrarlos, y gente de todo pueblo, tribu, lengua y nación desfilará junto a ellos para verlos.  Aquel será un día de júbilo mundial; en todas partes, las gentes felices intercambiarán regalos y organizarán fiestas en celebración de la muerte de los dos profetas que tanto las habían atormentado. Pero al cabo de los tres días y medio, un aliento de vida enviado por Dios entrará en los dos profetas, y se levantarán [“ístemi”].  Un gran terror se apoderará del mundo entero.  Entonces, una potente voz del cielo llamará a los dos profetas, y ellos ascenderán al cielo en una nube, ante los ojos de sus enemigos.  (Apocalipsis 11:3-12)

Concluimos pues que existen (al menos) doce “resurrecciones” en la Biblia, donde podemos ver que en TODOS los casos están relacionadas con volver a la vida nuevamente, pero en un cuerpo físico (de sangre y carne).

Además vemos en el mayoría de los casos del Nuevo Testamento se usa la palabra “egéiro”, aunque también se usa “anístemi” (o una variación) y “anakadsízo”, todas con un significado similar, describiendo un “despertar” FÍSICO.

Parafraseando lo que les dijo Jesús a los apóstoles: “¿cuándo han visto que un espíritu tenga carne y huesos como yo los tengo?” (Lucas 24:39). ¿Y por qué este detalle es importante?  Esto es porque debemos entender la diferencia entre una “resurrección” (despertarse o levantarse de la muerte, en cuerpo físico y terrenal) y la “GLORIFICACIÓN” o transformación (a cuerpo eterno y celestial).

Cristo NO SÓLO resucitó (vimos que eso no era una novedad), sino que también recibió (o mejor dicho retomó) su cuerpo glorificado luego de la resurrección, y diferenciarlo es CLAVE para poder comprender lo que va a suceder en el ”arrebatamiento de la iglesia” (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2023/01/09/el-arrebatamiento-de-la-iglesia/).

¡Lo estudiaremos a fondo en la próxima entrada!

(Basado en parte en https://petergoeman.com/full-list-of-resurrections-in-the-bible/)


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