
La carta de mi tocayo Santiago (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2022/11/23/santos-perfectos/) ha creado mucha confusión a lo largo de la historia de la iglesia cristiana. La principal fuente de confusión ha sido el punto de vista de Santiago sobre la Fe y las obras.
Por ejemplo, hace 500 años Martin Lutero escribió en su prefacio al Nuevo Testamento que la carta de Santiago era «una epístola de paja, que no tenía nada de la naturaleza del Evangelio al respecto, y que contrario a lo que enseñaba Pablo en la carta a los Romanos, este Santiago no hace más que conducir nuevamente a la ley y sus obras; y confunde los dos de manera tan desordenada, que me parece que debe haber sido algún hombre bueno y piadoso, que tomó algunos dichos de los discípulos de los apóstoles y los echó así en el papel; o tal vez fueron escritos por alguien más de su predicación.»
Como que Lutero era otro que decía las cosas de frente, igualito a Pablo jajaja. La verdad es que doctrinalmente la opinión de Lutero sobre Santiago pareciera correcta, da la impresión que Santiago contradice la doctrina de «sola fide» (Fe solamente) de Pablo que se venía revelando en todas sus cartas, desde Romanos hasta Filemón. Pero en lo que Lutero sí estaba equivocado es que la carta era una “epístola de paja”, recordemos que la carta de Santiago es la Palabra de Dios revelada, ¡y fue un libro canónico válido! ¿Entonces?
La única razón que se me ocurre de la opinión negativa de Lutero sobre Santiago es porque no entendió por qué Santiago escribió lo que escribió, para quién lo escribió, o la fecha en que lo escribió. Aunque parezca increíble, esto es más común de lo que uno se imaginaria, he visto pastores de altísimo perfil que no han entendido o se les olvida las palabras de Pablo a su discípulo Timoteo:
“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que traza bien la palabra de verdad.” (2 Timoteo 2:15)
Esa palabra «traza» (que también se ha traducido como interpreta, expone o explica) viene el griego «ordsotoméo» que en realidad quiere decir «cortar derecho«, o mejor dicho separar o dividir cortando de un solo tajo. En próximas entradas hablaremos de este tema porque creo que es la llave del entendimiento de TODO el Nuevo Testamento, conjuntamente con todo lo que hemos visto en entradas anteriores.
Retomando el estudio, intentaremos descubrir por qué Santiago escribió lo que escribió y resolver el problema entre la Fe y las obras, que tanto daño le hace a la doctrina de la iglesia moderna. Empecemos por aclarar ¿quién fue Santiago?
El autor de la carta fue Santiago el Justo (el hermano de Jesús), no el apóstol Santiago (hijo de Zebedeo), ojo que a los Santiagos a veces la Biblia en español los traduce como Jacobos (el nombre del patriarca). Sabemos que no pudo tratarse del Apóstol Santiago porque este había sido martirizado en el año 44 d.C. por Herodes Agripa I, nieto de Herodes el Grande (Hechos 12:1-2). Quizás, después de su muerte, Santiago reemplazó al apóstol y asumió su lugar de prominencia en la iglesia primitiva.
En cualquier caso, Santiago (el escritor de la carta) NO fue uno de los Doce originales y fue, por lo tanto, un apóstol de «segundo orden«, aunque curiosamente vemos que con el tiempo había reemplazado a Pedro como líder de la iglesia en Jerusalén, porque fue él y no Pedro quien estuvo a cargo del Concilio de Jerusalén en el año 51 d.C. (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2022/11/23/entrevista-al-apostol-pedro/). En ese Concilio (Hechos 15), los apóstoles de Jerusalén se reunieron con Pablo para abordar el problema de Salvación de los «gentiles» bajo el ministerio de Pablo.
Al igual que los Doce, Santiago era judío, que se había salvado al creer bajo el “Evangelio del Reino” (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2022/11/19/el-evangelio-del-reino-vs-el-evangelio-de-la-gracia/). Santiago no había creído que su (medio) hermano Jesús era el Mesías esperado, más bien llegó a la salvación hasta después de la resurrección del Señor:
“Luego se le apareció a Jacobo, y después a todos los apóstoles.” (1 Corintios 15:7)
Se cree que la carta de Santiago fue escrita probablemente alrededor del 45 d.C., y sería por ende la primera de las cartas del Nuevo Testamento. Lo que sí es seguro es que Santiago la escribió antes del Concilio, puesto que su carta deja ver que no comprende el «Evangelio de la Gracia» ni las otras doctrinas de Pablo expuestas en sus cartas, como veremos más adelante. Recordemos que, pesar de lo que la mayoría de los pastores cristianos creen y enseñan, los Doce NUNCA tuvieron un ministerio entre los gentiles, ellos le predicaron a los judíos solamente.
Al final del Concilio de Jerusalén, los participantes acordaron formalmente continuar acatando este estado de cosas:
- Los apóstoles (y aquellos bajo su liderazgo) ministrarían a los judíos
- Pablo ministraría a los gentiles (Gálatas 2:7-9)
Esto es FUNDAMENTAL DE ENTENDER, el gran error que la mayoría comete en el tema de la Fe y las obras es tratar de reconciliar las declaraciones de Santiago con las de Pablo, y eso es IMPOSIBLE. Considere las siguientes declaraciones, la primera de Pablo y la segunda de Santiago.
“En conclusión, podemos decir que Dios hace a la persona justa por la fe en Cristo y no en virtud de la obediencia a la ley.” (Romanos 3:28)
“Como pueden ver, a una persona se la declara justa por sus acciones, y no sólo por su fe.” (Santiago 2:24)
¿Y ahora? Barájeme ese trompo en la uña (dijo el pachuco jajaja). Estas dos afirmaciones son CLARAMENTE OPUESTAS, y NO se pueden reconciliar o armonizar sin torcer considerablemente las Escrituras. ¿Cómo es esto posible?
Para solucionarlo debemos retomar el primero el concepto de la Revelación Progresiva (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2022/11/16/la-revelacion-progresiva/), y entender que NO todo en la Biblia va dirigido para todos, sino que hay que tomar en cuenta el contexto, quien es el receptor del mensaje y el momento o dispensación en que fue enviado (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2022/11/16/las-dispensaciones-biblicas/).
Segundo, sólo comprendiendo la diferencia entre el Plan de Dios para Israel y el Plan de Dios para la iglesia podemos empezar a reconciliar estos conceptos (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2022/11/19/dos-promesas-una-para-israel-y-otra-para-la-iglesia/), pero para efectos de solucionar el problema vamos a recapitular brevemente el concepto, que en pocas palabras se define como que el evangelio que predicó Pablo (el «Evangelio de la Gracia») es ABSOLUTAMENTE DIFERENTE al evangelio que predicaron Jesús y los apóstoles (el «Evangelio del Reino») y NO pueden conciliarse porque iban a DIFERENTES «públicos»!
¿No me creen? Bien hacen, pero veamos las pruebas bíblicas…
“Iba a seguir su camino cuando un hombre llegó corriendo hasta él y, de rodillas, le preguntó: Buen Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (Marcos 10:17)
Este es el pasaje donde se acerca un hombre donde JESÚS a hacerle una pregunta directa: “¿Cómo obtengo la vida eterna?” ¿Cuál fue la respuesta del Señor? ¿Le dijo al hombre que creyera en que moriría por sus pecados y resucitaría de entre los muertos? ¿Le habló del sacrificio expiatorio en la cruz, una vez y para siempre? Hmmm, no exactamente…
“¿Por qué me llamas bueno? —le preguntó Jesús—. ¡El único bueno es Dios! Ya sabes los mandamientos: ‘No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no defraudarás, honra a tu padre y a tu madre’. Maestro, todo esto lo he obedecido desde que era joven.
Jesús lo miró con amor y le dijo: Sólo te falta una cosa: ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoros en el cielo. Luego ven y sígueme. Al oír esto, el hombre se afligió y se fue muy triste. ¡Tenía tantas riquezas! Jesús mirando alrededor les dijo a sus discípulos: ¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios!
Esto les sorprendió a los discípulos. Pero Jesús repitió: Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de los cielos! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios. Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: ¿Y entonces, quién se puede salvar? Humanamente hablando, nadie. Pero para Dios no hay imposibles. Todo es posible para Dios.” (Marcos 10:18-19)
La respuesta de Jesús al hombre fue que para adquirir la vida eterna se requería guardar los mandamientos, en otras palabras, las OBRAS de la Ley. Cuando el hombre respondió que había guardado todos los mandamientos (la Ley), Jesús le dijo que hiciera otra OBRA adicional: VENDER SUS POSESIONES Y DÁRSELAS A LOS POBRES. Entonces, ¿enseñó Jesús la salvación por obras? ¡De hecho que sí lo hizo!
Veamos otro pasaje conocido:
“Ustedes oren así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino y cúmplase en la tierra tu voluntad como se cumple en el cielo. Danos hoy los alimentos que necesitamos, y perdona nuestros pecados, así como nosotros perdonamos a los que nos han hecho mal. No nos metas en tentación, mas líbranos del mal, porque tuyo es el reino, el poder y la gloria para siempre. Amén’. Su Padre celestial los perdonará si perdonan a los que les hacen mal; pero si se niegan a perdonarlos, su Padre no los perdonará a ustedes.” (Mateo 6:9-15)
Jesús les dijo a Sus discípulos que A MENOS ELLOS QUE PERDONARAN A OTROS, Dios no los perdonaría (pacto condicional), pues el perdón es una OBRA. Ahora consideremos cuán diferente escribió Pablo sobre el tema de perdonar a los demás:
“Al contrario, sean bondadosos entre ustedes, sean compasivos y perdónense las faltas los unos a los otros, de la misma manera que Dios los perdonó a ustedes por medio de Cristo.” (Efesios 4:32)
¿Vemos la diferencia?
Según Jesús, en el programa de Dios para Israel (bajo el «Evangelio del Reino»), el perdón de Dios DEPENDÍA DE QUE PERDONARAN AL OTRO, pero bajo el programa de Dios para la iglesia (el «Evangelio de la Gracia») los creyentes debemos perdonar PORQUE DIOS YA NOS HA PERDONADO. La diferencia es absoluta, una vez más se confirma que los judíos requerían de obras para la salvación, ¡pero no los gentiles!
Veamos el caso de Juan el Bautista, quien fue el primero que proclamó el «Evangelio del Reino» (Mateo 3:1-2), luego Jesús continuaría con el anuncio de Juan (Mateo 4:17, 9:35) de que el Reino de Dios «se había acercado». Por lo tanto, el bautismo en agua (una OBRA) era intrínseco a ese mensaje de salvación, y durante el ministerio terrenal de Jesús y en la predicación de los Doce, siempre se predicó el bautismo en agua como requisito para la salvación.
¿Cómo sabemos esto? Lo sabemos porque eso es lo que dice las Escrituras, considere los siguientes versos:
“Así fue como se presentó Juan en el desierto, predicando que debían arrepentirse y bautizarse para obtener el perdón de los pecados.” (Marcos 1:4)
“Y les dijo: Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado.” (Marcos 16:15-16)
“Nicodemo preguntó: ¿Cómo puede uno nacer de nuevo cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el vientre de su madre y nacer de nuevo? Jesús respondió: Te aseguro que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:4-5)
“Por lo tanto, pueblo de Israel, sepan bien que Dios ha hecho Señor y Mesías a Jesús, el que ustedes crucificaron. Aquellas palabras de Pedro los conmovieron tan profundamente que le dijeron al propio Pedro y a los demás apóstoles: Hermanos, ¿qué debemos hacer? Arrepiéntanse —les respondió Pedro—, y bautícense en el nombre de Jesucristo, para que Dios les perdone sus pecados. Entonces recibirán también el don del Espíritu Santo, porque para ustedes es la promesa, y para sus hijos, y aun para los que están lejos, pues es para todos a los que el Señor nuestro Dios llame.” (Hechos 2:36-39)
“Allí, vino a verme un hombre llamado Ananías, que obedecía la ley y a quien respetaban los judíos de Damasco. Él se puso a mi lado y me dijo: ‘Hermano Saulo, ¡recibe la vista!’. Y en aquel mismo instante recobré la vista y pude verlo. Luego me dijo: El Dios de nuestros antepasados te ha escogido para que conozcas sus planes, y veas al Justo y oigas las palabras de su boca. Tú serás su testigo ante todo el mundo de lo que has visto y oído. No hay tiempo que perder. Levántate, bautízate, y lávate de tus pecados invocando su nombre.” (Hechos 22:12-16)
Estos pasajes deberían convencer incluso a los recalcitrantes de que bajo el «Evangelio del Reino» se requería el bautismo en agua para la salvación. Aquí nuevamente, las Escrituras enseñan que (en el caso de los judíos) se requerían OBRAS para la salvación, inclusive lo vemos todavía en el pasaje de Hechos 22 cuando hacía ya rato que el ministerio de Pablo a los «gentiles» estaba en operación. Como se vio anteriormente, tanto la Fe como las obras eran necesarias para la salvación, cosa que cambió radicalmente con la conversión de Saulo de Tarso. Mientras que el «Evangelio del Reino» se enfocaba en la identidad de Cristo, el Señor le dio a Pablo un nuevo mensaje de salvación: ¡el «misterio» (o primicia) del «Evangelio de la Gracia»!
El enfoque del evangelio de Pablo no estaba ya en la IDENTIDAD de Cristo, sino en Su OBRA: que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos (1 Corintios 15:1-4). Pablo fue quien escribió que fue Jesús mismo (años después de ascender al cielo) se lo reveló:
“Hermanos, quiero que sepan que el evangelio que yo predico no es una invención humana. No lo recibí ni aprendí de ninguna persona, sino que fue Jesucristo mismo quien me lo enseñó.” (Gálatas 1:11-12)
Este “secreto” que el Señor ascendido le reveló a Pablo correspondía a lo que llamamos el «Evangelio de la Gracia» («Fe + NADA»), ¡ya NO habían obras involucradas, ni el cumplimiento de la Ley Mosaica, ni el bautismo en agua ni tampoco el requisito de la circuncisión! Lo único que se necesitaba ahora era creer que Cristo murió por los pecados y que resucitó de entre los muertos. La salvación ahora era un regalo inmerecido, ¡por pura gracia divina!
Obviamente este evangelio de Pablo no sentó bien a los líderes de la iglesia (cristiana) de Jerusalén. ¿Por qué habría de ser diferente? Ellos no sabían nada de eso, Dios no se los había revelado, ¡y era contrario a lo que habían practicado durante 1500 años! Dios nunca les había dicho que dejaran de practicar la Ley Mosaica, y ellos habían recibido su evangelio, el «Evangelio del Reino» del Señor durante Su ministerio terrenal. Pablo, sin embargo, recibió su evangelio directamente del Señor en Su ministerio celestial, y claramente eran diferentes!
El evangelio de Pablo no encajaba con lo que los Doce sabían del programa del Antiguo Testamento, revelado por Dios mismo a Abraham, Moisés y los profetas. ¿Cuán diferente era el evangelio de Pablo del evangelio que los Doce conocían? Lo podemos ver en lo escrito sobre el Concilio de Jerusalén en el año 50 o 51 d.C. que Lucas registró:
“Llegaron varias personas de Judea a Antioquía y empezaron a enseñar a los hermanos que, a menos que se circuncidaran conforme a la ley de Moisés, no podrían ser salvos. Como Pablo y Bernabé discutieron con ellos y se les opusieron con todas sus fuerzas, los creyentes los enviaron a Jerusalén, acompañados de varios creyentes, para que consultaran el asunto con los apóstoles y los ancianos. Después que los envió la iglesia, a lo largo del camino fueron deteniéndose en las ciudades de Fenicia y Samaria para visitar a los creyentes y contarles cómo los gentiles también estaban convirtiéndose. Y esto llenó a todos de mucha alegría. Al llegar a Jerusalén, fueron muy bien recibidos por la iglesia, los apóstoles y los ancianos. Pablo y Bernabé los pusieron al tanto de lo que Dios había hecho por medio de ellos. Entonces algunos de los que antes de convertirse habían sido fariseos, afirmaron que era necesario circuncidar a los gentiles y exigirles que obedecieran la ley de Moisés.” (Hechos 15:1-5)
Pablo escribió luego que subió a Jerusalén por revelación de Dios, NO porque él pensara que se necesitaba una discusión al respecto. Más bien, el Señor resucitado le dio a Pablo una orden directa de ir (Gálatas 2:2), y cuando llegó, presentó su evangelio a los líderes, es decir, a Santiago, Pedro y Juan:
“Más aún, Pedro, Jacobo y Juan, indiscutibles columnas de la iglesia, reconocieron que Dios me había usado para ser apóstol entre los gentiles, de la misma manera que había usado a Pedro para predicarles a los judíos (después de todo, fue el mismo Dios el que nos capacitó). Y así, nos dieron la mano, a Bernabé y a mí, en señal de compañerismo, y nos exhortaron a continuar nuestras labores entre los gentiles mientras ellos continuaban la suya entre los judíos.” (Gálatas 2:7-9)
Tanto Pedro como Pablo habían recibido sus evangelios directamente del Señor, ambos parecían ser válidos, ¡PERO ESO ESTABA POR CAMBIAR! Después de mucha discusión, en la que Pedro permaneció en silencio, finalmente habló y se puso del lado de Pablo (probablemente porque el Espíritu Santo le recordó de su visita a la casa de Cornelio). Lucas registró en Hechos:
“Después de muchas discusiones, Pedro se puso de pie y pidió la palabra: Hermanos, ustedes saben que Dios me escogió de entre ustedes hace mucho tiempo para que predicara las buenas noticias entre los gentiles, a fin de que estos pudieran creer. Dios, que conoce los corazones humanos, nos demostró que aceptaba a los gentiles al otorgarles el Espíritu Santo de la misma forma en que nos lo había otorgado a nosotros. Y no hizo ninguna distinción entre ellos y nosotros, porque les había limpiado sus corazones por medio de la fe. ¿Nos atreveremos a provocar a Dios, poniendo sobre los gentiles un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido llevar? ¿No creen ustedes que los gentiles se salvan de la misma forma en que nos salvamos nosotros, es decir, por medio de la gracia del Señor Jesús?” (Hechos 15:7-11)
La declaración de Pedro puso fin a la administración de los dos evangelios, desde este momento en adelante, el «Evangelio del Reino» ya no sería válido. De ahora en adelante, ¡sería el evangelio de Pablo (el «Evangelio de la Gracia») el único vigente!
Entonces, regresando al tema de Santiago y su carta, debemos entender que él la escribió ANTES de Hechos 15, por lo que Santiago sólo conocía el programa profético del Antiguo Testamento, el «Evangelio del Reino» y la Ley Mosaica, y no sabía NADA de los “secretos” dados a Pablo o del «Evangelio de la Gracia». El tema o propósito de la carta de Santiago era animar a los judíos a soportar las pruebas con Fe y sabiduría, por eso escribió,
“Pero alguien puede decir: «Tú tienes fe, y yo tengo acciones. Pues bien, muéstrame tu fe sin las acciones, y yo te mostraré mi fe por medio de mis acciones».” (Santiago 2:18)
Esto seguía siendo lo que se había enseñado a lo largo de todo el Antiguo Testamento y los Evangelios de los apóstoles, su carta era consistente con el ministerio terrenal del Señor, ¡nadie le había dicho a Santiago ni a ninguno de los Doce que la Ley Mosaica había terminado! Nadie le había dicho que dejaran de proclamar el «Evangelio del Reino» y que simplemente creyeran que Jesús era el Mesías para salvación, nadie les había dicho que una persona SÓLO necesitaba creer que Cristo murió por sus pecados y que había resucitado de entre los muertos para ser salvo. Estas «buenas noticias» eran desconocidas para los Doce y los líderes de la iglesia de Jerusalén, no fue sino hasta el Concilio de Jerusalén que este asunto llegó a un punto crítico y se resolvió cuando Pedro se puso del lado de Pablo.
Lutero tenía razón, no encontramos en la carta de Santiago las doctrinas de Pablo de la Gracia, de la Fe, de la ausencia de la Ley Mosaica, de la resurrección, de la identidad del creyente con Cristo, de la morada del Espíritu Santo, etc. ¿Pero por qué no? Simplemente porque Santiago NO sabía nada de estas doctrinas! Estas eran doctrinas que el Señor ascendido y glorificado le dio exclusivamente a Pablo, sólo después de que Pablo comenzó a enseñar estas cosas fue que los Doce tuvieron algún entendimiento de ellas.
Por lo tanto, Santiago se debe leer como un libro del Antiguo Testamento porque eso es (doctrinalmente) lo que es. Cuando Santiago escribió su carta, todavía estaba operando bajo la Ley Mosaica, incluso después del Concilio de Jerusalén, no pudo comprender completamente las implicaciones de esa decisión. ¿Cómo sabemos esto? Lucas también lo registró:
“Los hermanos de Jerusalén nos dieron una bienvenida gozosa. Al segundo día, Pablo nos llevó consigo a visitar a Jacobo y a los ancianos que estaban reunidos con él. Luego de intercambiar saludos, les hizo un recuento de lo que Dios había realizado entre los gentiles a través de su persona. Los allí presentes alabaron a Dios, pero le dijeron: Hermano, como sabes, miles de judíos han creído también, e insisten celosamente en guardar la ley.” (Hechos 21:17-20)
Santiago saludó a Pablo y se alegró con él por la salvación de los gentiles. ¡Pero el gozo principal de Santiago se centró en la salvación de los judíos y en que eran celosos de la Ley! ¡TODAVÍA SEGUÍA SIN ENTENDER!
En conclusión, tanto Santiago como Pablo tenían razón, pero cada uno debe entenderse en su contexto y marco de tiempo adecuados, por lo que Santiago no contradice a Pablo. Cuando Santiago escribió su carta se requerían Fe y obras para la salvación, Hechos es un libro de transición y Lucas escribió Hechos principalmente para explicar a los judíos por qué el «Reino de Dios» no llegó a Israel y por qué Dios salvó a Pablo para que fuera el apóstol de los gentiles. Por un tiempo, ambos programas, Israel y la iglesia (el «Cuerpo de Cristo»), y ambos evangelios (el «Evangelio del Reino» y el «Evangelio de la Gracia») fueron válidos, pero al concluir el Concilio de Jerusalén, sólo quedaba un evangelio: EL DE PABLO.
Así que no nos sintamos mal si no hemos entendido algún punto sobre la Biblia, recordemos que Martin Lutero, el gran REFORMADOR de la iglesia moderna, y Santiago, HERMANO de Jesús y LIDER de la iglesia primitiva, tampoco lo lograron. A todos nos pasa en algún momento, ¡eso es parte del Plan de Dios!
(Basado en parte de https://doctrine.org/faith-vs-works-in-james)
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