Nazaret: pueblo insignificante

El Antiguo Testamento nunca menciona a Nazaret, y todavía en los tiempos de nuestro Señor era un pueblo olvidado sin importancia, situado en lo alto de una colina (Lucas 4:29) y fuera de los caminos habituales, incluso para Galilea (provincia ya de por sí separada de Judea por la repudiada Samaria).

Nazaret estaba lejos de Jerusalén, de la costa y del Río Jordan, no tenía nada que ofrecer, tan es así cuando el inocente Natanael preguntó a un amigo acerca de Jesús, expresó el sentimiento judío común en el primer siglo (Juan 1:46): “¿Puede salir algo bueno de Nazaret?”, lo cual nos da una idea de la poca importancia que tenía, que según los historiadores era apenas un caserío.

Sin embargo, aquí, en este pueblo adormecido, la historia de la familia de Jesús comenzó y terminó.  Eran “NAZARENOS” (diferente a “nazareos”, pero esa es una historia para otro día…), y era solo cuestión de tiempo antes de que fuera el apodo que sus enemigos (¡incluyendo los demonios!), usarían despectivamente para ensombrecer su credibilidad.

“Hemos comprobado que este hombre es como una plaga pues anda por todas partes causando divisiones entre los judíos.  Él es el cabecilla de una secta llamada los nazarenos.” (Hechos 24:5, refiriéndose a Pablo y al resto de cristianos)

José y María llegaron a Belén como viajeros del censo, Jesús nació en la noble Belén, pero allí no es donde se quedarían, sino que regresaron a su ciudad natal (Mateo 2:23), y después de llevar a su hijo a Jerusalén para dedicarlo, “volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret” (Lucas 2:39).

Así también, después de su memorable visita al templo a los 12 años, Lucas nos dice que Jesús “bajó de Jerusalén” y regreso a Nazaret con sus padres (Lucas 2:51).  Salir de Jerusalén era “descender”, no solo geográficamente sino socialmente, pero esto era precisamente parte fundamental del plan de Dios.

Fuera de las referencias del Nuevo Testamento, sabemos muy poco, si es que sabemos algo confiable, sobre la antigua Nazaret, porque era insignificante.  Las figuras eminentes del primer siglo no sabían ni hablaban mucho al respecto, al menos no en publicaciones lo suficientemente destacadas como para ser preservadas.

Aun así, en el plan perfecto de Dios para su Hijo, parte de su vida de humildad y sumisión a sus padres era dejar el ajetreado templo de la gran ciudad, el nexo mismo de la actividad y el entusiasmo de la nación, e “ir abajo” a la pequeña ciudad de Nazaret, para vivir treinta años en la oscuridad, aquí permanecería hasta el arresto de Juan el Bautista (Mateo 4:13).  Y Nazaret no solo significaba una vida más apartada, rural, incluso atrasada que “arriba” en Jerusalén, sino que “nazareno” sería un estigma que llevaría el resto de su vida.

Entre los judíos, la reputación de Nazaret era bastante mala, pero fuera de Israel, la ciudad ni siquiera era conocida.  Es por eso que cada uno de los escritores de los Evangelios tuvo que explicar qué era Nazaret, un pueblo en Galilea, cuando lo mencionaron por primera vez (Mateo 2:23; Marcos 1:9; Lucas 1:26).

Hoy cantamos sobre el pueblito de Belén, pero Belén, por humilde que fuera comparada con Jerusalén, tenía un nombre que empequeñecía al de Nazaret.  Belén era una ciudad, con una historia, y además, “la ciudad de David”. ¿Pero Nazaret?  ¿Puede salir algo bueno de Nazaret?

Durante su vida terrenal, hasta donde sabemos, Jesús nunca se identificó a sí mismo como “Jesús de Nazaret”, sólo sus seguidores lo llamaron así (Juan 1:45).  Por lo general, eran multitudes que no estaban familiarizadas con Él (Mateo 21:11, 26:71, Marcos 10:47, Lucas 18:37), o sus enemigos: demonios (Marcos 1:24, Lucas 4:34), falsos testigos (Hechos 6:14), y los soldados que vinieron con el traidor para arrestarlo (Juan 18:5, 7).  Y aunque muchos lo despreciaron por su ciudad natal, incluso sus compañeros nazarenos pronto lo rechazaron, lo expulsaron de la ciudad y amenazaron con arrojarlo por el precipicio (Lucas 4:28-30).

Dondequiera que encontremos su nombre en los labios de los enemigos que quieren darle un giro despectivo, esperemos que lo llamen «Jesús de Nazaret».  Y si el comentario de Natanael, y el veneno de los demonios y detractores, no hubieran sido suficientes, Pilato lo inscribió en el instrumento de su tortura: “Jesús de Nazaret, el Rey de los judíos” (Juan 19:19).  Se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz, incluso como nazareno.

Pero la historia de Nazaret no terminó en deshonra, Su Padre consideró adecuado no sólo redimir a una raza caída, sino también a un apodo deshonrado, cuando resucitó al Nazareno de entre los muertos, ahora el Cristo resucitado, el «Jesús de Nazaret», no en vergüenza sino gloria sin igual!

Primero vino del ángel en la tumba: “No se alarmen.  Buscáis a Jesús de Nazaret, que fue crucificado.  Se ha levantado; no está aquí” (Marcos 16:6).  Durante más de tres décadas, “Nazareno” había sido un anticipo amargo de su próxima crucifixión, pero ahora las cosas han cambiado, ¡ahora sabe a dulce gloria!

Pronto Pedro tuvo el paladar transformado por el Espíritu, y el eslogan se convirtió en un elemento fijo en su ministerio, el Señor crucificado y resucitado del universo no era otro que “Jesús de Nazaret” (Hechos 2:22).  Pedro sanó a un cojo “en el nombre de Jesús de Nazaret” (Hechos 3:6) y declaró el nombre a todos los que querían escuchar (Hechos 4:10).  Incluso a Cesarea vino predicando a los gentiles de la unción de Dios sobre “Jesús de Nazaret” (Hechos 10:38).

Luego vino la revelación a Pablo de Tarso, quien admitiría “Yo mismo estaba convencido de que debo hacer muchas cosas para oponerme al nombre de Jesús de Nazaret” (Hechos 26:9). Aquí, incluso el mismo Jesús, en el único registro que tenemos de Él identificándose a sí mismo con Nazaret, tomó el nuevo título honorífico cuando apareció en el camino a Damasco: “Yo soy Jesús de Nazaret, a quien vosotros perseguís” (Hechos 22:8). Dios mismo creció en un pueblo olvidado de Galilea, bajó de Jerusalén, y descendió con humildad, y descendió a la tumba, y luego se llevó consigo a Nazaret en su triunfo.  

¿Y cuántos de nosotros hoy, en la inmadurez (espiritual) adolescente, albergamos una especie de leve desprecio por nuestros Nazarets, sospechando en nuestra arrogancia sin disciplina que hemos ascendido a alturas superiores a nuestros modestos orígenes?  Pero, oh, ¿qué podría estar haciendo Dios en nuestros Nazarets, y cómo podría estar redimiendo los días y las décadas que nos parecen un desperdicio?

Qué notable que nuestro Señor, siendo completamente Dios y hombre perfecto, no se dirigió a la gran ciudad en la primera oportunidad que tuvo, o insistió en que morara donde estaba toda la acción.  Más bien, dio casi la totalidad de su vida y ministerio público sin aferrarse a Jerusalén, sino humillándose en Galilea, en un pueblo abandonado por el hombre llamado Nazaret.

La respuesta a la pregunta de Natanael es un rotundo SÍ.  Y no sólo bueno, ¡sino el más grande!  Y como a nuestro Dios le encanta producir lo mejor en los lugares que menos esperamos, tal vez no deberíamos sorprendernos tanto cuando convierte los lugares olvidados de nuestras historias en sus canales elegidos para nuestro mayor bien.

“Pues considerad, hermanos, vuestro llamamiento; no hubo muchos sabios conforme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios ha escogido lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y Dios ha escogido lo débil del mundo, para avergonzar a lo que es fuerte; y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para anular lo que es; para que nadie se jacte delante de Dios.”  (1 Corintios 1:26-29)

(Basado en parte en https://www.desiringgod.org/articles/god-grew-up-in-a-forgotten-town )


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