
La envidia (y sus primos hermanos el odio y la amargura) son pecados tan jodidos que ni siquiera traen algún placer, al menos la gula, la codicia y la lujuria tienen un propósito carnal, jajaja.
Por el contrario, la envidia sólo aumenta los sentimientos de inferioridad y el resentimiento, y si llegara a lograr obtener su propósito (la destrucción o eliminación del buen regalo a otra persona), en realidad hunde más a la persona envidiosa y la deja con una energía vacía que debe redirigirse a un nuevo objeto de odio.
La envidia es el ejemplo perfecto de la esclavitud que representa el pecado: requiere todo tu corazón, alma, mente y fuerza, y no te ofrece nada a cambio, ¡ni siquiera una sensación de placer! Como es lógico, la Biblia habla mucho del tema, y nos advierte de sus consecuencias tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento:
“No te impacientes a causa de los malhechores ni tengas envidia de los que hacen iniquidad.” (Salmo 37:1)
“No envidies al hombre violento ni escojas ninguno de sus caminos; porque el SEÑOR abomina al perverso, pero su íntima comunión es con los rectos.” (Proverbios 3:31-32)
“El corazón apacible vivifica el cuerpo, pero la envidia es carcoma en los huesos.” (Proverbios 14:30)
“No tengas envidia de los hombres malos ni desees estar con ellos; porque su corazón trama violencia, y sus labios hablan iniquidad.” (Proverbios 24:1-2)
“Andemos decentemente, como de día; no con glotonerías y borracheras ni en pecados sexuales y desenfrenos ni en peleas y envidia. Más bien, vístanse del Señor Jesucristo y no hagan provisión para satisfacer los malos deseos de la carne.” (Romanos 13:13-14)
“Digo, pues: Anden en el Espíritu, y así jamás satisfarán los malos deseos de la carne. Porque la carne desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu lo que es contrario a la carne. Ambos se oponen mutuamente para que no hagan lo que quisieran. Pero si son guiados por el Espíritu, no están bajo la ley. Ahora bien, las obras de la carne son evidentes. Estas son: inmoralidad sexual, impureza, desenfreno, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, ira, contiendas, disensiones, partidismos, envidia, borracheras, orgías y cosas semejantes a estas, de las cuales les advierto, como ya lo hice antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.” (Gálatas 5:16-21)
Afortunadamente para el cristiano, es tanto nuestro derecho como nuestro deber “despojarnos del viejo hombre” y “vestirnos del nuevo hombre”, aprovechando que ahora tenemos las herramientas del espíritu (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2023/03/03/gracia-licencia-para-pecar/).
“Con respecto a su antigua manera de vivir, despójense del viejo hombre que está viciado por los deseos engañosos; pero renuévense en el espíritu de su mente y vístanse del nuevo hombre que ha sido creado a semejanza de Dios en justicia y santidad de verdad.” (Efesios 4:22–24)
“Habiendo pues dejado toda maldad, todo engaño, hipocresía, envidia y toda maledicencia, deseen como niños recién nacidos la leche de la palabra no adulterada para que por ella crezcan para salvación, puesto que han probado que el Señor es bondadoso.” (1 Pedro 2:1-3)
El cristiano que lucha contra la envidia puede creer erróneamente que se trata de un pecado “menor” sin mucha importancia. ¿Por qué? Porque la envidia es relativamente fácil de disimular y hasta de guardar en secreto (incluso de uno mismo). Como otros pecados del corazón, asumimos que la envidia no puede ser tan peligrosa como la fornicación porque nadie la ve nunca, y que realmente no lastima a nadie (o eso creemos).
El problema es que si no se corta la raíz envidiosa, en algún momento va a producir descendencia natural (otros pecados más evidentes), y vamos a tomar acciones contra dichos pecados, NO contra todo el origen de la envidia, (precisamente el mismo error que se da con la amargura, por ejemplo). Esta actitud es terriblemente insuficiente, así que vamos a ver dos buenas razones para enfrentar la envidia con la seriedad que merece:
- La Biblia aclara que aunque el hombre se preocupa principalmente por la apariencia externa, Dios se preocupa por el corazón (1 Samuel 16:7). Esto quiere decir que todo este asunto de que la envidia es un “pecado secreto” es básicamente una tontería. Además, Dios ve nuestra envidia y nuestra fornicación como pecados equivalentes y notorios, ¡NO HAY PECADOS SECRETOS!
- La Biblia deja claro que lo que está en el corazón no permanece en el corazón porque, como observó Jesús en más de una ocasión, es del corazón que habla la boca (Mateo 12:34; 15:18). La envidia a menudo conduce a la acción, como cualquier otro pecado del corazón. La envidia no es segura, no se queda quieta y viene con algunos amigos desagradables.
Por lo tanto, la envidia es más peligrosa de lo que creemos, y vamos a tener que enfrentarla acordemente y declararle la guerra (si es que nos interesa acabar con ella). Según la instrucción de Efesios 4, una forma eficaz de “despojarse” del pecado de la envidia es “vestirse” de la virtud del amor, así que aquí van cuatro formas de combatir la envidia con amor:
- Demos gracias a Dios por el éxito de la persona que envidiamos: Jesús nos ordenó orar por nuestros enemigos como una forma de hacerles bien (Mateo 5:43-48), pero el corazón envidioso convierte incluso a los amigos en enemigos. Sea cierto o no, nuestro corazón cree que un amigo o conocido es un enemigo de nuestra felicidad, sólo porque él o ella tiene (o es) algo que nos gustaría tener (o ser), así que oremos por todos estos, agradezcamos a Dios por estas personas y por los dones que Dios le dio.
- Pidámosle a Dios por el éxito futuro de la persona que envidiamos: Así es. Oremos específicamente por su éxito continuo, especialmente en cualquier regalo por el que la estemos envidiando. Esto significa que si tenemos un amigo(a) que está obteniendo todas las bendiciones y acaba de recibir otra más, entonces nuestro orden del día es orar para que siga obteniéndolas. Si nuestro amigo(a) acaba de casarse con el tipo de pareja con el que hubiéramos hecho cualquier cosa por casarnos, oremos por su felicidad y su estabilidad matrimonial. Igualmente si acaba de obtener el trabajo de nuestros sueños, o cualquier bien material que desearíamos tener. Pidamos cosas para nuestro prójimo de la misma manera que pediríamos cosas para nosotros mismos, pensando en su bien espiritual así como en sus bendiciones terrenales.
- Disfrutemos los dones que Dios le dio a la persona que envidiamos: Muchas de las cosas que envidiamos en los demás no son necesariamente posesiones sino rasgos personales, como la inteligencia, la belleza, el talento y las habilidades interpersonales. Sin embargo, lo maravilloso de estos dones divinos es que pueden ser poseídos por una persona y disfrutados por otras, (simultáneamente). Esto significa que cuando pasemos tiempo con nuestro amigo(a), su encanto y humor son algo de lo que nos podemos reír. Cuando escuchamos a nuestro compañero de trabajo dar una charla en una convención profesional, tenemos la oportunidad de aprender algo y también de adorar al Padre por hacerlo tan bueno en lo que hace. Realicemos el ejercicio de hacer lo que podemos haber evitado durante mucho tiempo: contemplar la Gloria de Dios con una mirada inquebrantable, y busquemos oportunidades para alabar al Padre por lo que ha hecho.
- Elogiemos a la persona que envidiamos: En circunstancias normales, elogiar algo es tanto el resultado natural de disfrutarlo como parte del proceso de disfrutarlo. Así que para nosotros sentarnos en silencio y disfrutar en los dones de un amigo o conocido sin expresar admiración no es natural, se trunca el ejercicio del goce. Efesios 4:29 ordena: “Ninguna palabra obscena salga de su boca sino la que sea buena para edificación, según sea necesaria, para que imparta gracia a los que oyen”. ¿Qué conversación es más venenosa que la conversación de una persona envidiosa? La alternativa según este pasaje, debería llenarnos de gozo y gracia. En su lugar, podemos usar palabras que sean “buenas para edificar”, que “se adapten a la ocasión”, y que “den gracia”.
A final de cuentas, no nos corresponde a nosotros hacer nuevos nuestros corazones, sólo el Espíritu Santo puede producir amor en nosotros (que es exactamente lo que prometió hacer), pero debemos poner en buen uso las herramientas y los dones que Dios nos dio al recibir Su Espíritu:
“Pero el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio. Contra tales cosas no hay ley porque los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Ahora que vivimos en el Espíritu, andemos en el Espíritu. No seamos vanidosos, irritándonos unos a otros y envidiándonos unos a otros.” (Gálatas 5:22-26)
Al final, Dios eliminará todo rastro de envidia de Su reino, y nuestro amor por Dios (respondiendo al amor de Dios), finalmente producirá alegría genuina para quienes nos rodean. Este es el tipo de existencia para el que nos estamos preparando.
“El amor es paciente y bondadoso; no es envidioso ni jactancioso, no se envanece; no hace nada impropio; no es egoísta ni se irrita; no es rencoroso; no se alegra de la injusticia, sino que se une a la alegría de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” (1 Corintios 13:4-7)
¡Cambiemos la envidia por el amor, que en Cristo TODO es posible!
(Basado en parte en https://www.thegospelcoalition.org/article/4-ways-conquer-envy/)
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