
En mi opinión, la superioridad moral es tal vez el pecado más peligroso que existe, no sólo porque es muy sutil y no es condenado por la sociedad secular (¡sino más bien reforzado!), sino porque puede llevar a la persona a creer que puede salvarse a sí misma a través de sus obras (tal vez el mayor error doctrinal en la historia de la humanidad y enseñado por muchas religiones, ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2022/12/12/el-peligro-de-la-religion/).
Lo sé de primera mano, yo desde pequeño creí que era bueno y que por lo tanto me “merecía” todo (¡incluyendo el Cielo!), pero el lado oscuro de este pensar es que invariablemente conducirá a la persona al orgullo y la arrogancia (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2023/04/12/el-peligro-de-la-arrogancia/), con todas las consecuencias que vimos en dicho estudio.
La gente suele pensar que la justicia divina se mide por lo que hacemos o por los valores que tenemos, por ejemplo si alguien obedece la Ley y vive una vida moralmente correcta, se le considerará “justo”. Peor aún, muchos suelen creer que Dios nos juzga calculando el promedio entre los más “buenos” y los mas “malos”, de ahí que es común pensar que yo no soy “tan malo” porque no robo, violo ni mato a nadie.
Sin embargo, la Biblia nos dice que NADIE es bueno (al menos bajo el estándar de Dios), y dado que las personas somos pecaminosas por naturaleza, no podemos ganarnos nuestra propia justicia.
“…como está escrito: No hay justo ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.” (Romanos 3:10-12)
¿Oyeron eso? Para Dios NADIE es bueno, ni los patriarcas, ni los apóstoles ni la mismísima virgen María (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2022/11/21/la-virgen-maria/), ¡de ahí que TODOS necesitamos un Salvador! La Biblia enseña el concepto del pecado original: debido a que Adán y Eva pecaron, todos sus descendientes estamos corrompidos por el pecado:
“Por esta razón, así como el pecado entró en el mundo por medio de un solo hombre, y la muerte por medio del pecado, así también la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” (Romanos 5:12)
Todo ser humano tiene una naturaleza pecaminosa (Salmo 51:5; 1 Juan 1:8), y por lo tanto, cualquier bien que haga una persona no puede salvarlo ni hacerlo mejor que los demás. No hay verdadera justicia que se pueda ganar con esfuerzo propio, «por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Por lo tanto, sin Jesucristo, todos estamos en la misma posición ante Dios: ¡separados de Él y merecedores de la muerte!
“Porque la paga del pecado es muerte; pero el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.” (Romanos 6:23)
Como los hemos visto muchas veces, es un tema de carácter legal (ver entrada https://ofertaportiempolimitadoorg.wordpress.com/2022/11/22/por-que-tanta-terminologia-legal/). Claramente no podemos salvarnos de nuestro estado corrupto, así que Dios envió a Su Hijo, Jesús, a morir por nosotros, para que pudiera imputarnos su propia justicia, ¡ese es todo el propósito de la muerte expiatoria de Cristo!
“Al que no conoció pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él.” (2 Corintios 5:21)
No tenemos que trabajar por ganarnos nuestra justicia, más bien, simplemente necesitamos poner nuestra fe en Jesús, y Dios verá la justicia de Cristo cuando nos mire:
“Al que obra, no se le considera el salario como gracia sino como obligación. Pero al que no obra sino que cree en aquel que justifica al impío, se considera su fe como justicia.” (Romanos 4:4-5)
La muerte de Cristo hizo expiación por nuestros pecados, nuestra salvación NO se basa en nuestras obras, sino que se basa en la Gracia de Dios recibida mediante la fe:
“Porque por gracia son salvos por medio de la fe; y esto no de ustedes pues es don de Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras que Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” (Efesios 2:8-10)
“No quiero rechazar la bondad de Dios; pues si se obtuviera la justicia por medio de la ley, Cristo habría muerto inútilmente.” (Gálatas 2:21)
Una vez que entendemos que somos pecadores por naturaleza y que no podemos ganar la justicia por nuestras obras, los cristianos podemos (¡y debemos!) descansar en la Gracia de Dios para con nosotros, esta es la cura para el afán de querer obtener justicia propia.
Esto nos lleva a otro problema secundario respecto de la superioridad moral. Incluso las personas que han sido salvadas por Gracia (y me refiero a cristianos genuinamente salvos) pueden llegar a sentirse moralmente superiores por las formas en que Cristo las ha cambiado, por las cosas que hacen o por las cosas que dejaron de hacer debido a la obra del Espíritu Santo en su corazón.
Jesús cuenta una parábola sobre un líder religioso y un pecador que demuestra perfectamente cómo se ve esta superioridad moral:
“Dijo también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como que eran justos y menospreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo, y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba consigo mismo de esta manera: ‘Dios, te doy gracias que no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni aun como este publicano. Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo’. Pero el publicano, de pie a cierta distancia, no quería ni alzar los ojos al cielo sino que se golpeaba el pecho diciendo: ‘Dios, sé propicio a mí, que soy pecador’. Les digo que este descendió a casa justificado en lugar del primero. Porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. (Lucas 18:9-14)
Esta actitud de superioridad moral es un peligro constante para los que estamos en Cristo. Por lo tanto, siempre debemos humillarnos ante Dios, dándonos cuenta de que es sólo por Su gracia que somos salvos, y no por nuestras propias obras, y que en última instancia es Dios quien transforma nuestro corazón y nuestra vida.
“De modo que, amados míos, así como han obedecido siempre —no solo cuando yo estaba presente sino mucho más ahora en mi ausencia—, ocúpense en su salvación con temor y temblor; porque Dios es el que produce en ustedes tanto el querer como el hacer para cumplir su buena voluntad.” (Filipenses 2:12-13)
Dios detesta la superioridad moral porque es una mentira. La superioridad moral impulsa a las personas al orgullo en lugar de amar y, en última instancia la superioridad moral nos aleja de Dios. No me refiero a perder la salvación porque eso no es bíblicamente posible (ver entrada https://ofertaportiempolimitado.org/2022/12/13/se-puede-perder-la-salvacion/), sino a convertirnos en instrumentos inútiles.
Por esta razón, debemos humillarnos continuamente ante Dios y descansar en la seguridad de Su gracia, haciendo propias las palabras de Pablo, que precisamente las he tenido muy presentes en estos últimos días al examinar mi propia vida:
“Yo sé que en mí —a saber, en mi carne— no mora el bien. Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero sino, al contrario, el mal que no quiero, eso practico. Y si hago lo que yo no quiero, ya no lo llevo a cabo yo sino el pecado que mora en mí. Por lo tanto, hallo esta ley: Aunque quiero hacer el bien, el mal está presente en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo en mis miembros una ley diferente que combate contra la ley de mi mente y me encadena con la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Doy gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor! Así que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios; pero con la carne, a la ley del pecado.” (Romanos 7:18-25)
(Basado en parte en https://www.compellingtruth.org/Bible-self-righteousness.html)
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